Más de una vez, releyendo “Mujeres ..”, me ha asaltado la curiosidad de saber si Clarissa Pínkola Estés conocerá, o no, la existencia del Cante Flamenco y del papel que la mujer desempeñó y sigue desempeñando en este arte de siglos. Y digo arte, no sólo por el buen hacer de estas auténticas lobas, sino por lo que siempre ha tenido de respuesta radical al mundo de los sentimientos femeninos. Radical, sí, desde la raíz, desde los cimientos de la creación misma. Creo que nuestra querida Clarissa merecería sumergirse alguna vez en la escucha de Tía Anica La Piriñaca, la Perla de Cádiz o la Paquera de Jerez por citar una mínima muestra de estas maestras del sentimiento. Y que de ocurrir esto, su obra no quedaría igual. Es muy difícil permanecer igual después de una experiencia tan sagrada como ésta.
Hace unos días mi compañero del alma me regaló un disco que se titula “Ellas dan el cante” y que reúne a un puñado de las grandes del pasado siglo. Me resulta muy difícil expresar mediante palabras, a veces torpes y las más engañosas, el despliegue de matices que explosionan cuando una voz rota por el tiempo se abre en un quejío milenario. Es como si todo el mundo femenino, creado desde antiguo, estuviese esperando este grito desgarrado que le indique el camino de vuelta a casa, de una casa que, en realidad, nunca hemos abandonado. Es un auténtico aullido en el que nos unimos todas y que nos orienta cuando andamos perdidas.
Creo que tendría que estar mucho más cerca de mi naturaleza salvaje para analizar los ingredientes, el material del que están hechos los sueños, estos gritos desgarrados por el dolor o la alegría, que se han abierto paso en la mañana en torno a la cocina alegrando la casa, por la tarde cosiendo con las vecinas o por la noche cantando a un niño para que se duerma ... pero hoy no vamos a hablar de estas circunstancias que por mi edad apenas alcancé a vivir, sino de esta forma de sentir y expresar “el pellizco” que un haz de sentimientos es capaz de producir en las entrañas de la mujer. De esa fuerza, de esa explosión en forma de voz quebrada que se abre paso desde las vísceras, pasando por el corazón y rompiéndose, como el mar bravío contra los acantilados, en una boca que no siempre ha sido escuchada ni comprendida. Y es como si hoy, al escuchar el cante de estas predecesoras de excepción,esa voz fuese finalmente reconocida como una más entre muchas otras, con su justo valor y con un auditorio como nosotras, ávidas de aprender y de beber de ese manantial que nunca se acaba, del manantial del amor, de la generosidad y de la entrega.
Cuando Tía Anica la Piriñaca dice que “Cuando canto a gusto, me sabe la boca a sangre”, o cuando la Perla de Cádiz dice que “pa poder yo hablar contigo me valgo de mi saber”, nos están transmitiendo mucho más de lo que ellas, presas de una sociedad como en la que les tocó vivir, eran conscientes. Tras esas palabras presas, se hallaba la vida misma.
A nosotras, jóvenes lobas, nos toca descorrer, con sumo cuidado los velos que ocultan el valor auténtico de estas palabras. Debemos cuidarnos de no romperlos, de que esta placenta que los recubre permanezca para siempre intacta y virgen, no sea que cuando lleguen las nuevas lobeznas, las que nos sucedan, se lo encuentren violado, y entonces todo estará perdido ... ¡cuidémoslos! pues ellos protegen el auténtico valor de esas palabras, la naturaleza salvaje en estado puro. Esa fuerza en la garganta sólo puede ser esta naturaleza salvaje luchando por abrirse paso a la vida, como si fuese un niño que empujara con fuerzas para nacer... No perdamos nunca este contacto con nosotras mismas, no nos exiliemos de nosotras mismas y expresemos nuestra gratitud a estas grandes maestras que nos precedieron y que hoy nos contemplan desde el más allá como antorchas que nos indican el camino...